“Un ogro es como una cebolla; las cebollas tienen capas, los ogros tenemos capas” decía Shrek a su orejudo amigo, el asno que no se callaba ni bajo el agua. Eso también nos vale a los enfermos crónicos, aunque yo diría en este caso que “la enfermedad te pone capas, capas de enfermo”. Me explico.Dentro de poco contaremos, mi marido, mi hija, mi familia, mis amigos y tantos vecinos y conocidos que me han demostrado su aprecio, nada menos que cinco años desde que un día, un diagnóstico de cáncer rompió mi vida.Entonces adopté una decisión, elegí la actitud que iba a mantener ante la enfermedad y acepté pasar a ser una enferma crónica que, además, podía morir en poco tiempo si los tratamientos fallaban. Esa transformación no fue fácil para alguien como yo, acostumbrada como estaba a tener la sensación de control sobre todo lo que me ocurría, hasta el punto incluso de rechazar aquello que no podía controlar.No tuve más remedio que desplegar una gran dosis de confianza hacia todo aquello que desempeñaba un papel importante en mi posible curación; médicos, instalaciones sanitarias, profesionales varios, tratamientos, curas… Mientras, en mi casa las cosas cambiaban para adaptarse a una persona que entraba y salía sin descanso de los quirófanos, de las salas de quimioterapia y radioterapia, de las consultas médicas, casi siempre sin apenas fuerzas, privada de todo lo que me había identificado hasta entonces de cara a los demás.Así fue como acabé en mi propio capullo. Encerrada, con mis miedos y mis dolores. No aislada por los demás, aislada por la enfermedad. Algo que marca el carácter sin apenas darte cuenta.Pasaron meses y años, y aquella actitud resignada pero decidida a apostar por la vida, fue dando paso a otra más positiva en la que cada día vengo agradeciendo disfrutar de un nuevo amanecer (me dicen que estoy loca porque me levanto a ver salir el sol, porque doy gracias todos los días por ello) Pero es que ”cada día es un tesoro”.Aún así, esa actitud no ha conseguido por sí sola desterrar las capas de la enfermedad. Miro hacía atrás y me doy cuenta de tantas y tantas ocasiones como he achacado al cáncer un determinado cansancio, una determinada molestia. Llevo cinco años utilizando una muleta que, si bien al principio era imprescindible, se ha ido convirtiendo en un accesorio poco a poco, sin que me diera cuenta. Hasta ahora.A vivir de nuevo me han empujado la vida y las circunstancias, y me refiero con esto a vivir con más intensidad que lo hacía antes, disfrutando de mi familia y de mi trabajo, de mis amigos, de quienes están cerca de mi porque quieren. Y es ese tirón el que me está permitiendo dejar atrás toda una manera de pensar, de sentir, de justificar lo que me ocurría, para volver a superarme y a demostrarme que puedo. Sí, puedo. O mejor ‘I can’.Y es esa labor de construcción de mi nueva yo, sin capullo, la que me ocupa ahora. Paso a paso, más que piedra a piedra yo diría que ladrillo a ladrillo (por eso de que me va más la ciudad), pero intentando aprender de algo negativo y extraer lo positivo que tuvo. Que tiene. Que seguirá teniendo durante mucho tiempo.Ahora aprendo a disfrutar de aquello que no depende de mi, de dejarme llevar, de dar a los demás la opción de sentirse libres y expresarse como tal, y aprendo a aprender cómo ser una buena persona, que es todavía más difícil.Porque vuelvo a ser yo, pero ya no soy la misma. #niquieroNOTA: Mucha gente con la que he hablado últimamente sobre una situación parecida a la mía en su familia, más de la que quisiera, hablan del ‘bicho’ para referirse a la enfermedad. No señores, es ‘cáncer’. Se llama así. No le pongamos apodos, que igual se siente cómodo así y viene para quedarse

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