El Congreso KRAI, celebrado en la sede de la Cámara de comercio de Murcia, reunió a instituciones, asociaciones y representantes diplomáticos para reflexionar sobre el papel de las comunidades organizadas en contextos de crisis prolongadas como la guerra en Ucrania.
La guerra en Ucrania dejó de ser hace tiempo una noticia de última hora. Para muchas personas se convirtió en una experiencia vital marcada por la incertidumbre, el miedo y la necesidad de rehacerlo todo desde cero. Esa realidad exige algo más que gestos solidarios puntuales: exige estructura, coordinación y responsabilidad compartida.
Ese fue el marco del Congreso KRAI, celebrado en Murcia, un espacio de encuentro entre instituciones públicas, asociaciones del tercer sector, representación diplomática y comunidad ucraniana para reflexionar sobre cómo sostener la cooperación cuando la emergencia se convierte en permanencia. Este enfoque conecta con otros espacios de diálogo estratégico celebrados recientemente en la Región de Murcia, donde la cooperación institucional y la planificación a medio plazo han sido claves.
En ese contexto tuve la responsabilidad de moderar la mesa “La fuerza de las comunidades: instituciones, financiación y voluntariado”, una conversación que no buscaba evaluar a las asociaciones, sino algo más complejo y necesario: pensar cómo se tejen y se cuidan las alianzas que permiten responder con eficacia y dignidad a situaciones de crisis prolongadas.
Escuchar antes de cerrar
Durante la mesa, dejé que cada una de las personas participantes expusiera su mirada desde ámbitos distintos —institucional, social y diplomático—. Fueron intervenciones en formato más expositivo, necesarias para situar el contexto, las experiencias acumuladas y los retos específicos de cada ámbito.
Mi intervención llegó al final, como cierre. No para vertebrar la conversación, sino para ordenar lo escuchado y poner palabras a una experiencia compartida que iba más allá de las ponencias.
Cuando la guerra irrumpe en la gestión pública
En ese cierre quise poner en valor lo vivido en los primeros días tras la declaración de la guerra. No desde la distancia, sino desde la inquietud real por la seguridad de quienes tenían que salir de su país, por las condiciones en las que lo harían y, muy especialmente, por la situación de los niños.
Hablé de la llegada a España: del alojamiento, de la acogida, del idioma, de la escolarización, del miedo y del desarraigo. De todo aquello que no siempre aparece en los titulares, pero que condiciona la vida cotidiana de miles de personas.
Desde el primer momento tuvimos claro que escuchar a las entidades del tercer sector y a las asociaciones de ucranianos no era una opción, sino una obligación. Porque nadie conoce mejor la realidad que quien la vive, y porque diseñar respuestas sin esa escucha conduce casi siempre a soluciones incompletas o ineficaces.
De la buena voluntad al sistema
Una de las ideas centrales que quise trasladar —y que sigue siendo clave— es que la solidaridad, por necesaria que sea, no basta por sí sola. Para ser transformadora necesita normas claras, coordinación, financiación estable y marcos de cooperación definidos.
La cooperación eficiente no se construye solo con buenas intenciones. Se construye con reglas compartidas, responsabilidades claras y alianzas sostenidas en el tiempo. Sin eso, la energía inicial se diluye y el desgaste acaba pasando factura, especialmente a quienes sostienen la respuesta sobre el terreno.
Cuando la palabra encuentra a quien escucha
Fue en ese cierre cuando la emoción apareció, no tanto en la mesa como en el público. Al recordar cómo, en aquellos meses, las jornadas se alargaban hasta bien entrada la noche para coordinar recursos y hacer llegar la información a quienes la esperaban para poder ayudar, el ambiente cambió.
El silencio fue distinto. La emoción se hizo visible entre las personas asistentes y también en el rostro del Volodymyr Lukianov, cónsul de Ucrania en Málaga, que formaba parte de la mesa.
No fue un momento de dramatismo, sino de reconocimiento. Porque detrás de los protocolos, de las normas y de las estructuras, hay personas. Y asumir esa dimensión humana también es una forma de responsabilidad pública. Pasar de la emergencia al sistema implica también reconocer procesos donde la dimensión humana y la estructura institucional deben caminar juntas.
Del gesto a la estructura
Si hubiera que sintetizar la conversación en una idea, sería esta: pasar de la emergencia al sistema no es enfriar la solidaridad. Es la única forma de hacerla sostenible, justa y eficaz en el tiempo.
Las comunidades fuertes se sostienen sobre alianzas claras, financiación viable y personas cuidadas. Ese es el paso de la urgencia al futuro. Y ese es también el camino para construir una cooperación útil y duradera, no solo para el presente de Ucrania y su diáspora, sino para los desafíos que seguirán llegando.
Porque cuando la guerra deja de ser noticia, la responsabilidad empieza de verdad.


